Los resultados de PISA 2025 y la crisis epistémica que estos revelan.

En los últimos días ha sido noticia la publicación del informe de PISA correspondiente a 2025 en el cual República Dominicana obtuvo 361 puntos en ciencias, muy por debajo de los 482 que promedia la OCDE. Hay, sin embargo, un hallazgo del mismo informe que no ha entrado al debate público con el peso que merece, y que dice más sobre el tipo de sociedad que estamos formando que el puntaje final o la posición en que estamos ubicados.

En el capítulo I.3 del Volumen I del informe (OCDE, 2026), bajo el título “Student beliefs about the nature of science”, PISA le preguntó a los estudiantes qué piensan sobre el conocimiento científico, si lo entienden como algo que se pone a prueba, se verifica y puede revisarse, o como algo que simplemente se recibe. Una de las preguntas centrales era: ¿debe verificarse la información de una fuente contrastándola con otras fuentes confiables antes de aceptarla? En la Figura I.3.12 del informe, que ordena a todos los países según el porcentaje de estudiantes que está de acuerdo con esa idea, República Dominicana aparece en penúltimo lugar solo delante de Ruanda.

El informe construye, además, un índice compuesto de creencias sobre la naturaleza de la ciencia que agrupa varias afirmaciones de este tipo. El valor para República Dominicana es -0.58, el más negativo entre todos los países que figuran en la tabla comparada del documento. Y donde PISA cruza dos preguntas (verificación de fuentes y confianza en el sentido común por encima de la evidencia científica) para construir tres perfiles de estudiante, la posición de República Dominicana muestra un porcentaje de estudiantes con “perfil científico fuerte” cercano al 20%, frente a un promedio OCDE de 46.4%. Esto indica que la gran mayoría de nuestros adolescentes evaluados no ha internalizado la distinción entre lo que se puede probar y lo que simplemente parece cierto.

Analizando lo que esto implica fuera del aula, conviene salir del lenguaje de la política educativa y entrar en el terreno de la filosofía. Byung-Chul Han lleva más de una década describiendo el tránsito que estos datos ilustran. En “En el enjambre”, Han sostiene que la comunicación digital no produce un público capaz de deliberar, sino una multitud sin cohesión ni continuidad, que se indigna en ráfagas pero no logra sostener un discurso ni construir una posición común. En “Infocracia”, va más allá y describe cómo el poder contemporáneo ya no necesita censurar la verdad, ya que le basta con sepultarla bajo un volumen de información que ninguna mente entrenada para recibir, y no para verificar, puede procesar. No hace falta prohibir un hecho cuando se lo puede ahogar entre mil desmentidos, memes y titulares contradictorios. Tampoco hace falta tener la razón, ni decir la verdad, cuando una sola noticia viral, falsa por demás, descarrila cualquier esfuerzo real.

Esa es, casi con exactitud, la competencia que el PISA 2025 encuentra ausente en la mayoría de los adolescentes dominicanos, la capacidad de detenerse ante una afirmación, preguntar de dónde viene y contrastar antes de aceptarla o repetirla.

En “La sociedad del cansancio”, Han también describe cómo la exigencia permanente de rendimiento y estímulo erosiona lo que llama la atención contemplativa, esa capacidad de sostener la mirada sobre algo el tiempo suficiente para pensarlo y no solo para reaccionar a ello. Un estudiante que nunca practica verificar una fuente y un adulto que hace scroll infinito para silenciar su propia conciencia son, en el fondo, el mismo síntoma en dos edades distintas; una atención secuestrada por la estimulación instantánea, incapaz de hacer juicio reflexivo. El dato de PISA no solo describe entonces una carencia escolar, describe el punto de intersección de una sociedad entera en la lógica que Han diagnostica, la de una humanidad autocensurada y saturada; incapaz de distinguir la señal del ruido y sin las herramientas para ni siquiera poder intentarlo.

El debate educativo dominicano seguirá, con su justa razón, mirando el puntaje. Pero la realidad va mucho más allá de los números, se refleja en la sociedad y en cómo esta lo hace en aquella. La data es solo un número que mide algo, pero lo realmente importante, lo fundamentalmente preocupante, es el qué hacemos a partir de aquí. El cómo, como sociedad, seguimos caminando como autómatas hacia un desfiladero dominado por las alucinaciones de los modelos de lenguaje, por el no cuestionar los datos que deberíamos cuestionar, pero sí cuestionar los principios científicos ya probados. 

En internet circula un meme de cómo a los millennials les era prohibido, explícitamente, utilizar Wikipedia para hacer trabajos en la universidad, pero como hoy todo el mundo, incluyendo los profesores y los tomadores de decisiones, aceptan como buena y válida cualquier información repetida por un modelo de lenguaje. En un futuro cercano, con una sociedad que no cuestiona nada, que acepta la información dada por una aplicación como palabra divina, entraremos en una espiral en la cual solo existiremos para reproducir lo que los modelos de lenguaje nos digan que es lo cierto, que es lo real.


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