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El liderazgo regional de la República Dominicana

En su artículo de opinión “Diplomacia: marco esencial”, publicado en el día de hoy 4 de diciembre de 2020 en el Listín Diario, el embajador Manuel Morales Lama cita a Antonio Patriota haciendo referencia a cuál es el propósito de la diplomacia. Dice este, que el propósito de la misma es “la creación de condiciones y prospectos de oportunidades para que el comercio internacional sirva al
proyecto de desarrollo del país”. Hago mención sobre la cita, y el referido artículo, ya que además de establecer de manera muy clara cuales son las condiciones que debe de tener un profesional de la diplomacia, también nos deja esa excelente descripción de cuál es el propósito fundamental de todo el entramado diplomático de un país.

En el caso de la República Dominicana, 8.a economía de Latinoamérica y 1.a de Centro América y el Caribe, es hora de que nuestro cuerpo diplomático sea enfocado en reclamar el liderazgo y la primacía sobre la región que nos pertenece de manera natural. Nuestro país, debido a su dinamismo económico y al sostenido crecimiento que ha tenido en las últimas dos décadas, se ha encontrado destinado a convertirse en el líder económico y político de toda la cuenca del caribe y centro américa, pero nunca ha logrado articular una política coherente y decidida para esto.

Para lograrlo, contamos con dos grandes ventajas en estos momentos, una a nivel local y otra a nivel internacional.

A nivel local contamos con una presidencia que ha demostrado, desde el principio, que se encuentra enfocada en promover que la República Dominicana se convierta en el hub logístico que siempre debió haber sido. Además de esto, se nota una clara intención de promoción del desarrollo de la industria local y de la economía del comercio interno en todas sus variantes, sin olvidar los pilares económicos del turismo y la inversión extranjera. Todo esto sumado a la designación de un canciller de la República, que cuenta con la preparación y la capacidad requerida para poder capitalizar sobre esto.

En segundo lugar, contamos con un sistema internacional que se encuentra en un proceso de reajuste, en el cual los bloques regionales de comercio vuelven a tener un valor decidido e importante ante la reorganización de las esferas de influencia de las grandes potencias. En nuestra región nos encontramos con un Brasil desinflado, una Venezuela a la deriva, una Colombia retraída, un México que ha abandonado el sur y unos Estados Unidos asediados por fuerzas externas e internas que le mantienen luchando por su identidad como baluarte de la democracia y la libertad.

Es este el momento clave para la República Dominicana, de convertirse en el líder indiscutible de una región que durante demasiado tiempo se ha mantenido fracturada y sin un liderazgo económico y político claro y demarcado.

Es, por tanto, que debemos aprovechar el momento y enfocar nuestras energías para entrar en consonancia con la visión de expansión económica que ha planteado el presidente de la República, y reclamar lo que desde siempre ha estado destinado para nosotros, el liderazgo político y económico sobre la región del Caribe y Centro América.

Fuente imagen: https://commons.m.wikimedia.org/wiki/File:Mapa_america_central_caribe.svg

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Díganos ya la verdad.

Excelentísimo señor presidente, esperaba que nos dijera la verdad en su último discurso, pero no lo hizo. Al igual que en todos los anteriores, se le ha notado la falta de decisión y de capacidad. Se ha notado cómo, en estos momentos de crisis, queda demostrado que nunca ha sido un gran estadista; sino un gran conspirador de pasillos oscuros, que se ha erigido a fuerza de paciencia y papeleta en administrador del proceso de dilapidación de la cosa pública.

Es hora ya, de que nos diga la verdad. Que tenga la espina para pararse frente a la nación y decirle de frente que las cosas no están bien. Que la normalidad y la cotidianidad han abandonado el escenario y no volverán por mucho tiempo. Que los abrazos que extrañamos, los besos que deseamos y el zarandeo al cual estamos acostumbrados, no volverán en lo que nos resta de año. Es hora de que nos mire a los ojos y nos quite esa ilusión fútil de que en un par de semanas las cosas volverán a estar bien. Porque no lo estarán.

Tal vez es que usted no lo sabe. Tal vez es que en las noches de desvelo, que seguro que le tienen que acontecer, no se lo ha logrado imaginar. Tal vez es que ninguno de sus sicofantes, tan acostumbrados a darle siempre la razón y a decirle que todo está bien, se le ha acercado a decirle a usted la verdad. Y en caso de que nadie se lo haya dicho, se lo digo yo señor presidente, hemos perdido el 2020.

Atrévase a darle la orden al Ministerio de Educación para que suspenda las pruebas nacionales. Informe de una vez de que no volverán las clases presenciales este año escolar. De la orden de sacar de la incertidumbre generadora de ansiedad, a los miles de adolescentes que no saben qué les espera y a sus padres que tienen la titánica tarea de contener todo lo que les está sucediendo. Exonere a esos miles de estudiantes que hoy en día se encuentran aprendiendo a hacer hogar, a lidiar con una crisis familiar, social, sanitaria e histórica. Miéntales, como está acostumbrado, y déjeles saber que el presidente de la república tiene un plan coherente y no se encuentra abrumado y arrollado por los acontecimientos. Como usted y yo sabemos que lo está.

Infórmele a nuestro pueblo de que las medidas de aislamiento social se extenderán hasta final de año. Tenga la fortaleza necesaria para generar un plan de estímulos coherente en pos de resguardar a nuestros empleados y a nuestros empleadores. Dese cuenta de que a nadie le importa que usted diga que todo va bien, cuando claramente sabemos que miente y que todo lo que hace tiene un tinte de campaña.

Ya le sonó la campana señor presidente. Este es su momento de salir por la puerta grande como un estadista que manejó una de las peores crisis que ha vivido la república, o como un triste hombre que solo supo adquirir el poder para beneficiarse de él, y no para ayudar a su nación cuando esta más lo necesitaba.

Díganos ya la verdad señor presidente.

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Las tres repúblicas

Hace 23 años cuando llegué a la capital, siempre me pareció extraño cuando la gente me hablaba de “La” República Dominicana, ya que esta me sonaba como a una fantasía suspendida en la promesa del futuro en vez del espacio multicultural, vibrante, trabajador que yo conocía allá en el Cibao. Con el tiempo empecé a pensar que esa disonancia mía se debía a que era de Santiago, y a qué tal vez allá las cosas eran diferentes, a qué tal vez por esto ser capital las cosas eran diferentes. Y así con el ocaso del reformismo y el encumbramiento de una nueva forma de hacer política mucho más urbana, mucho más “rica”, se me fue olvidando aquella espina en esa concepción unitaria de “La” República Dominicana. Pasó el tiempo, se elevaron las torres, se erigieron los elevados y se cavaron los metros. Vino y “se fue” la crisis del 2003 y esa “lección” de que no se debe de cambiar de partido de gobierno para no afectar el “crecimiento macroeconómico”.

Así nos fuimos adormeciendo, una vez más con la idea de que solo existe una sola República Dominicana. Esa que tiene sus problemas y sus deficiencias, pero que es una, que es la nuestra, que es la misma para todos nosotros.

Pero mientras más me alejo de mi castillo se papel en el centro de un centro de ciudad que cada vez es más otra cosa que lo que un día fue hace 23 años era, más me doy cuenta de que aquello que sentí hace cuando empecé a experimentar la vida capitalina de la nueva democracia Dominicana, es mucho más que solo una intuición. Mientras más tiempo paso en las provincias de nuestro país, en los barrios, en las villas y en las casas del campo, más me voy convenciendo de que no existe una sola República Dominicana, en realidad existen tres.

La primera es la más pequeña, compuesta en su mayor medida por aquellos que llegaron al gobierno en chancletas y con los recuerdos de ideales marxistas. Los ex-abanderados de la izquierda que cambiaron los círculos de estudios y las ansias revolucionarias dominicanas por una liberación de mercado, y una revolución moderna. Son esa clase tan amplia como poderosa que hoy en día se codea con aquellas familias que durante décadas y hasta generaciones, han servido de pilares del ideario dominicano de lo que es la riqueza. Esa primera República se encuentra compuesta por aquellos grandes funcionarios y legisladores que tanto han demostrado en carne viva que la República ha crecido inmensamente en los últimos 23 años. Aquellos que llenan las torres y compran las Ducattis, los que andan en Bentley’s y en “yipetas” pagadas por la riqueza generada por esa tan cacareada macroeconomía. Son los hijos beneficiarios del gran milagro de crecimiento de la República. Son ellos los héroes de sus propias historias, los que mantienen en la esclavitud clientelista a los dominicanos con un sueldito de 5 mil pesos aquí, de 10 mil pesos allá. Son los que les pagan el colegio a la hija de fulano, o la medicina al pobre hermano de fulanita, todo para hacer “el bien”, todo para conseguir esos votos. Son los caciques locales y los súbditos de la silla. Son los que juegan solos entre ellos, de espaldas a todo lo que le pueda pasar al resto de la sociedad. Los que por su desidia y avaricia han permitido que el narcotrafico se inserte en lo más profundo de los sectores del poder de la República. Son todos los mismos, los traidores de la República, los que adornados de sacos y fortunas millonarias tratan de mantener en el poder un sistema corruptor, inmoral, y antiético que no hace otra cosa que empeñar el futuro de toda una nación.

En la segunda República se encuentran aquellos que alguien alguna vez tuvo la idea de llamar clase media. Son los ilusos que tienen trabajos liberales, los que por ética, moral, o simplemente falta de conexiones le han dado la espalda a la política. Son la fuente principal de impuestos, son la flaca vaca gorda a la que le siguen sacando leche, son los infelices que crecieron con el sueño de que sus vidas iban a ser mejores que las de sus padres y se dan cuenta que no pueden comprar un apartamento, que el negocio está siempre a punto de quebrarles. Son los que han podido “echar pa ´ lante” aún a pesar de los abusos de la política. Estos son los padres que sueñan con mandar a los hijos fuera, los que a cada momento son víctimas de atracos, los que aún deben el auto, la casa, la tarjeta, el colegio privado de los hijos. Son los jóvenes que no saben qué hacer para que les vaya bien. Los que cogen prestado para poner negocios, los que tienen dos trabajos para poder mantener la casa, los que viven exprimidos entre el futuro que les fue prometido por sus padres y el presente que les fue arrebatado por los políticos. Son la “clase media”, la del medio, la que más paga los robos de los de arriba, y las consecuencias que estos robos tienen en los de abajo. Son los pendejos que aún creen en el bienestar de la nación, en la posibilidad de un cambio, son la última línea de defensa ante la avaricia y la maldad abrumadora de los traidores de la República.

Y al final se encuentra la Tercera República. La de los jodidos. Las de los dominicanos de a pie. Los que emigraron de los pueblos y los que se quedaron. Los que a duras penas tratan de sobrevivir en los barrios, en los pueblo vacíos, en la periferia de la gran capital. Son los que se ven empujados a prostituir su dignidad y su destreza, por un “miserable sueldo” de 7 mil pesos. Son los que recogen la basura, limpian las casas, atienden las cajas registradoras, los empacadores, los gondoleros, las peluqueras, las que dan masajes, los que cogen guaguas y carros públicos, los que vienen desde las afueras a estudiar y trabajar, los que se arrimaron donde una tía para salir de las provincias porque “las cosas van mejor en la capital”. Son los que limpian zapatos y vidrios en las esquinas. Son los choferes de los políticos, los parqueadores de carros, los deliveries del colmado, los que atracan y los que más son atracados. Son los que entregan periódicos y los que más los leen. Son los que cada 4 años se dejan vender el sueño de que este es el gobierno que los va a sacar de la abyección sin darse cuenta de que son siempre los mismos. Son los que la policía detiene por las calles, solo por tener un afro o una “pelada caliente”, son a los que les tiran paqueticos; son los mismos policías que mandamos a darles palos a los demás. Son los guardias en la frontera y los guardianes de las casas. Son los colmaderos y los meseros. Son las secretarías, los contadores, las farmacéuticas, los bartender, los que atienden las lavanderías y los grandes dealers de carros. Son los que venden relojes más caros que el sueldo de ellos de todo un año. Son los que sueñan con que los mismos que los tienen esclavizados son los van a elevar al grado de ciudadanos, los que van a encerrar a los ladrones grandes y va subir los salarios, los que les van a dar la paz, la estabilidad y la seguridad que sueñan. Son los que cada día más van perdiendo la esperanza en el sistema democrático ante el abuso constante y desalmado de unos políticos que olvidan que es ese mismo pueblo el que logró la independencia contra fuerzas superiores en el 1844, el mismo que venció a los Españoles en el 1863. El mismo que se le sublevó a los americanos en la primera invasion. El mismo que ajustició a Trujillo y expulsó al Consejo de Estado, el mismo que una y otra vez ha salido a las calles de esta República a dejarle saber a los tiranos que ya no van a aguantar más.

Y es esta Tercera República, junto con la Segunda, la que uno de estos días, en el momento menos esperado, se tornará en las urnas contra aquellos que durante casi 24 años les han ido robando sus sueños, su dignidad, su capacidad de perseguir su felicidad sin tener que estar subordinados, prostituidos, esclavizados bajo el yugo inexorable e inaguantable de esa clase política que una vez entró descalza al Congreso y al Palacio Nacional, y que en las ultimas dos décadas se ha encargado de dividir a la nación, de lanzarla al vacío moral, ético y humano. Y así juntas, lograrán expulsar a ese grupo de políticos que no creen en la unidad de la República, que permiten y promueven su descomposición, que solo creen en su “partido” y en el derecho divino que tiene este de continuar gobernando y destruyéndo aquello que con tanto esfuerzo los dominicanos buenos han logrado construir a través de casi dos siglos de construcción de una sola República Dominicana.

La solución a la situación haitiana

En el siglo XVII, debido el abandono de la colonia de La Española por parte de España, los bucaneros franceses ocuparon la isla de la Tortuga y a partir de allí establecieron una base de operaciones que floreció durante gran parte de mediados de siglo. Ya a finales de este, con el declive de la tolerancia a las actividades de piratería, muchos de estos bucaneros se asentaron en la costa noroccidental de la isla de La Española, estableciendo de esta manera una ocupación ilegal sobre esta parte de la colonia española.

Validados por Francia y aprovechando la falta de voluntad política por parte de la corona española, los ocupantes de la parte noroccidental de la isla establecieron uno de los regímenes esclavistas más brutales que se habían visto hasta la época. Con unos métodos de explotación intensiva que incluían alimentación limitada, día de trabajo forzado de 12 horas, tortura continua que incluía latigazos, quema, entierros vivos, mutilación, violación y amputaciones.  La colonia francesa de Saint Domingue, con una mortalidad cercana al 50% de sus esclavos de manera anual, fue uno de los mayores receptores de esclavos africanos, llegando Francia a importar hasta 30 mil personas al año a finales del siglo XVIII, razón que sentaría las bases para la rebelión.  

Una rebelión que rápidamente se tornaría en la revolución por la independencia haitiana, evento este que se yergue impoluto como un triunfo absoluto del esclavo oprimido contra el opresor y que envió ondas de choque a todas las otras potencias esclavistas. Esta, golpeó la isla con el ímpetu violento de un huracán, destruyendo a su paso todo aquello que era reminiscente del modelo esclavista que los había humillado y vejado durante tanto tiempo

Este vendaval continuó golpeando con sus ráfagas violentas durante todo el siglo XIX dificultando la construcción de un Estado multinacional, como lo era en efecto el haitiano. Un Estado, que, a diferencia de otros de la región, se encontraba compuesto por diferentes etnias, tribus y grupos, que solo tenían en común su situación de esclavos y sus deseos de libertad.

Esta negación de todo lo europeo, incluyendo a estructuras y organizaciones económicas, políticas y sociales europeas, sumado a la situación hostil del Estado esclavista americano, el bloqueo de las potencias europeas, la multa impuesta por Francia y el miedo constante a ser invadido, mantuvo a Haití entre la paranoia existencial y la inmovilidad productiva. Viendo como su única apuesta, la invasión del Estado independiente de Haití Español, el predecesor de la República Dominicana, fracasaba ante la aguerrida lucha de un pueblo 10 veces más pequeño que el de ellos.         

Desde su independencia, el Estado haitiano se ve envuelto en una serie de accidentes históricos que han impedido que se pueda cimentar cualquier intento de organización política funcional. Esto los llevó a recibir el siglo XX con una invasión estadounidense que se extendió por 19 años. Esto fue seguido de otro periodo de inestabilidad política y continuado por la instauración de la perversa dictadura de los Duvalier, la cual dio paso a una serie de gobiernos fallidos que no lograron instaurar el imperio de la ley sobre el territorio haitiano.

Todo esto ha desembocado en la actual crisis política, una más de tantas, en la cual queda claro que Haití no cuenta con los requisitos fundamentales para ser considerado un Estado de pleno derecho por la comunidad internacional, no tiene el monopolio de la violencia, no tienen control sobre sus fronteras, no puede proveer a sus habitantes de los servicios básicos de alimentación, agua potable, seguridad, acceso primario a la salud, y su reconocimiento por la comunidad internacional es un reconocimiento condicionado.

Muchos en nuestro país ven a Haití con recelo, una continuación de la tradición histórica surgida de las matanzas y las crueldades a las cuales fue sometida la población dominicana antes, durante y después de la independencia del 1844. Pero hoy en día la República Dominicana debe de asumir su responsabilidad histórica y entender, que la situación haitiana representa una amenaza existencial, no porque exista ningún plan concertado de invasión (ni la capacidad de llevarlo a cabo), ni una voluntad política de unificar la isla. Si no porque la existencia de un Estado fallido de las dimensiones de Haití, en una isla compartida por dos, solo presagia el desastre.

La continuación de la situación haitiana solo puede seguir degenerando hasta el punto en que la violencia rebose la frontera y amenace la integridad de la República Dominicana.

Es por esto, que la República Dominicana debe de tomar cartas en el asunto.

Se debe de convocar una misión conjunta entre la Unión Europea y la República Dominicana que tenga por finalidad el establecimiento de un protectorado sobre el Estado haitiano, con la finalidad de garantizar la seguridad de sus pobladores, desarticular las condiciones que propician la violencia e iniciar un proceso de construcción conjunta de una República funcional, que eventualmente sea libre y soberana; una nación que pueda participar en igualdad de condiciones en el concierto de naciones. Se deben de establecer los principios fundamentales de justicia, seguridad, acceso a la alimentación, al agua potable, a la salud.

Solo por medio del establecimiento de un protectorado se puede iniciar el camino hacia la libertad haitiana, ya que no podemos hablar de libertad cuando no existen las garantías para que los derechos fundamentales más básicos puedan ser satisfechos. No podemos hablar de libertad cuando no se cuenta con acceso a alimentación, agua potable, seguridad ciudadana, salud fundamental. No podemos hablar de libertad cuando la migración ilegal y la posibilidad de la violencia son las únicas opciones con la que cuentan los pobladores para poder sobrevivir.

Ha quedado evidenciado que las misiones de paz de la Organización de las Naciones Unidas no cuentan con el mandato, ni los recursos, para poder iniciar un proceso de reconstrucción política y de infraestructura como el que es necesario. De igual manera, los Estados Unidos, potencia hegemónica de la región, no es un agente viable para esto ya que se encuentran enfrascados en un proceso de redefinición de su identidad nacional, el cual no les permite embarcarse en este tipo de proyectos .

Es por esto que los únicos agentes que pueden, y deben, hacerse cargo de esta situación son la Unión Europea y la República Dominicana.

La Unión Europea ha logrado cruzar el umbral de la historia tradicional, y parece haber superado las pasiones que animaban los conflictos militares internos que los mantenían separados unos de otros encontrándose en el periodo de paz más prolongado de su larga historia. Además de esto, el ethos que la ha impulsado en el último medio siglo es uno de generación de oportunidades, de creación, de subsanación. Un ethos que es más que necesario para poder completar el proyecto de haitiano. Todo esto sumado a la deuda histórica que Europa tiene con Haití, por las vejaciones a las cuales la sometió en los siglos XVIII y XIX.

Por otro lado, la República Dominicana, como parte más afectada por la existencia de un Estado fallido en sus fronteras, tiene la necesidad imperiosa de ser parte de este proceso. Nada beneficiará más a la República Dominicana que el restablecimiento de Haití como parte del concierto de naciones. Una República de Haití estable, fuerte y saludable, que pueda participar del comercio binacional, que tenga una clase media amplia y robusta, que cuente con los servicios básicos fundamentales necesarios para reducir la migración ilegal al mínimo, debería de ser el sueño de todo buen dominicano. Y la única forma de conseguir todo esto, es por medio del establecimiento de un protectorado sobre el Estado de Haití.

LA IMPORTANCIA DE VOLVER AL SER HUMANO EL CENTRO DE LA EDUCACIÓN.

Recuerdo que cuando empecé en educación, allá en el 2006, nos hacían mucho énfasis en la necesidad de que teníamos que enseñar habilidades, no contenido. Teníamos que preparar a los niños para que pudiesen ser competentes en el mundo del futuro, brindándoles las herramientas para que pudiesen desarrollar su pensamiento transversal y para que pudiesen resolver problemas. Teníamos que empoderarlos y convertirlos en lifelong learners. Lo más importante era que supieran hacer cosas, no que pudiesen Ser.

Pero es evidente que, en este proceso por la tecnificación de la educación, se perdieron dos componentes claves de lo que significa educar, al mismo tiempo que se fracasó en todo lo que nos requerían. El primer componente que hemos perdido es el de enseñar a ser humanos, el de transmitir los valores y principios éticos y morales sobre los cuales se ha construido nuestra civilización. Hemos desconectado el conocimiento de lo que nos hace humanos, presentándolo como algo que existe solo en el plano técnico. Quitando, de esta manera, la lucha constante y a tropezones de incontables generaciones para poder construir todo lo que hoy tenemos, y mucho de lo que ya hemos perdido.

En segundo lugar, se perdió la capacidad de transmitir la objetividad de la verdad. Al validar cualquier disparate, con la finalidad de no herir los sentimientos de algunas personas, le hemos dado espacio a que se generase esta nueva realidad donde todas las opiniones tienen el peso de la verdad absoluta. Y aun cuando el acceso a la información ha aumentado, la forma en la cual se le da contexto a esa información se ha deteriorado. Hoy las personas se encuentran más informadas, pero esa información es de peor calidad y usualmente no es contrastada. Es por esto, en parte, que los extremismos de derechas y de izquierdas sacan la cabeza una vez más, fundamentados sobre los miedos y las exageraciones naturales que habitan en las mentes mal informadas.

Todo esto nos ha dejado atrapados entre las pantallas y la pared, alejándonos cada vez más de las personas que nos rodean, dejando patentemente claro que la ilusión de la aldea global se ha resquebrajado por completo.

Cuando antes éramos forzados, por las condiciones heterogéneas de la sociedad, a convivir con diferentes variaciones de nuestra propia humanidad. Hoy, nos vemos encerrados en cuevas platónicas de resonancia donde solo escuchamos las voces que validan nuestras preconcepciones, nuestros miedos y nuestras paranoias. Donde antes existía la obligación de actuar de manera civilizada, para poder ser aceptados por la civilización, hoy se va extendiendo la validación de ideas extremistas que, en última instancia, van en detrimento de la idea de la dignidad humana y de la solidaridad que se encuentra al pie de todo el progreso que ha logrado la humanidad.

Hoy, nos encontramos desconectados de esa narrativa humana que inicia hace decenas de miles de años y que aún continúa. En esa desconexión no nos vemos a nosotros mismos como el relevo generacional que ha de cargar la antorcha de la humanidad hacia la próxima etapa. Si no todo lo contrario, como los destructores de todo lo pasado como única forma de construir un futuro nuevo. En la persecución de un sueño americano tecnocrático, se ha sacrificado la parte humana por la parte material.

Es por esto y mucho más, que la enseñanza debe de encauzarse hacia la formación de seres humanos, no de empleados y operarios que puedan resolver problemas simples y presionar botones en una computadora. La historia de la humanidad es una que se basa en la superación de los problemas más acuciosos y complejos por medio de la creatividad y el trabajo de todos sus miembros.

Tenemos que volver al ser humano el centro de la educación. Debemos de enfocarnos en contar las historias que nos conectan, en una línea directa con los supervivientes de la erupción de Toba, con aquellos primeros humanos que caminaron por las planicies de África y la miríada de situaciones que hemos debido superar para poder llegar a donde estamos. Si permitimos que la visión materialista de la humanidad nos siga robando de lo intangible de la condición humana, nos siga empujando a denigrar lo humano hasta convertirlo en un agente que sobreviva solo en base a la caridad del Estado, veremos como todo lo que hemos construido será socavado y al final habremos perdido lo único importante que tenemos, nuestra condición de seres humanos. 

SOBRE LOS PRESIDENTES DE LA REPUBLICA

Siempre ha llamado la atención que en República Dominicana contemos con tantos gobernantes en un periodo relativamente corto de existencia republicana. Según la cuenta popular, nuestro actual presidente, Luis Abinader, es el presidente número 67. Lo cual a mi entender es erróneo y da paso a que, de manera inconsciente, o tal vez bastante premeditada, se le dé cabida y legitimidad a una serie de golpistas y arribistas que se apoderaron del poder por vías no legítimas ni constitucionales.

Si calculamos que tenemos 176 años desde la independencia y lo dividimos entre los supuestos 67 presidentes nos damos cuenta de que hemos tenido a un “presidente” cada 2.67 años. Esto se agrava cuando tomamos en consideración que 9 de estos presidentes han gobernado por 117 años, o un total del 66.4% del tiempo transcurrido desde la proclamación de la primera constitución.

Pedro Santana gobernó por 10 años, Buenaventura Báez por 18 años, Ulises Heureaux por 14 años, Ramón Cáceres por 6 años, Horacio Vásquez por 7 años, Rafael Trujillo por 18, Joaquín Balaguer por 24 años, Leonel Fernández por 12 y Danilo Medina por 8.

Si a los 59 años que quedan les restamos los 8 de invasión estadounidense de 1916-1924, más los 4 de invasión española entre 1861-1865, nos quedamos con 47 años. En estos 47 años, hemos tenido 58 “presidentes” según el conteo popularmente aceptado.

Demos un paso atrás.

Un presidente, según la Real Academia de la Lengua Española (RAE), es una persona que preside un gobierno. Y como también nos dice la RAE, una persona es un individuo de la especie humana. Por lo tanto, un presidente es un individuo y no puede ser varias personas. De igual manera el individuo que ya ha sido presidente sigue siendo la misma persona, no cambia. A menos que lo veamos desde el punto de vista de la nave de Teseo, entonces nadie es siempre la misma persona. Pero para los fines que nos conciernen una persona es doctor, abogado, diputado, o presidente una sola vez y de ahí ejerce o no la función en determinadas, o múltiples ocasiones.

De esta manera cuando Pedro Santana fue electo como el primer presidente de la República Dominicana, el que haya sido electo 3 o 4 veces más no altera el qué número de presidente que ha sido. Lo que cambiaría en este caso es el número del gobierno que encabeza. Pedro Santana es el primer presidente de la república, que encabezó los gobiernos número 1, 4 y 8 de la Primera República. Pero no es el presidente número 1, 4 y 8, ya que el individuo sigue siendo el mismo, lo que ha cambiado es el gobierno y su ejercicio de esa presidencia.

Por esto, siguiendo esta línea de pensamiento, debemos de eliminar todas las redundancias y repeticiones del conteo, lo cual acortaría bastante la lista. Y nos arrojaría un número mucho más coherente, que aterriza la historia dominicana y la aleja de la glorificación de la barbarie y la falta de legitimidad e institucionalidad que han sido patente durante tantos años.  

En segundo lugar, tenemos que definir exactamente qué tipo de gobierno es válido de ser contabilizado y quién es un gobernante legítimo y quien no. Es aceptado por todos los republicanos en occidente que la constitución es el documento que establece las reglas bajo las cuales se constituye una sociedad política estable. Que este documento sea estable o no, que cambie o se mantenga inmutable, son parte de otra conversación. Lo que sí es dado, es que la constitución es la base aceptada sobre las cuales se delimita la legitimidad en las repúblicas occidentales y donde se establecen las reglas que guiarán la transferencia de esa legitimidad. Es por tanto que solo podemos considerar legítimos a aquellos gobernantes que han accedido al poder por medio de los mecanismos establecidos dentro de la constitución imperante en el momento. De esta manera debemos de sacar de la lista a todos los golpistas, guerrilleros y demás individuos, o grupos de individuos, que se han hecho con el poder por vías ilegítimas.

De esta manera se reduce aún más la lista de presidentes con los que ha contado la República Dominicana, dándonos un número mucho más aceptable y manejable de 38 presidentes en un periodo de 164 de existencia republicana (176 desde la independencia). De estos 38 presidentes, 9 han tenido más de un termino presidencial, mientras que los otros 29 han tenido un solo período o menos.

Al eliminar del conteo oficial de presidentes a todos aquellos golpistas y arribistas que se hicieron con el poder de manera ilegítima, restablecemos la idea de que solo la institucionalidad y la legitimidad alcanzada jugando bajo las reglas del juego establecido, son las que permiten que se pueda construir una nación fundamentada en la justicia, el orden y la solidaridad. Durante demasiado tiempo se ha legitimado la idea del desorden, la cual en los últimos 4 gobiernos fue llevada hasta la categoría de visión heroica.

La narrativa histórica que permitamos que sea validada, como colectivo continuo que pertenece a una República, es una parte fundamental de cómo pensamos como ciudadanos y como actuamos en consecuencia. Al legitimar a los golpistas mandamos una señal a nuestra sociedad de que el desorden, el caos y el irrespeto hacia la figura del Estado es algo aceptable y hasta loable. Y de esta línea de pensamiento solo puede surgir, más en estos tiempos tan difíciles de surgimiento del populismo radical, una pérdida de todo lo que hemos construido como nación democrática estable en los últimos 50 años. Ya que cuando un individuo, o grupo, han internalizado de que la violencia y el irrespeto a las leyes establecida son una vía válida para ellos reclamar lo que no han logrado, entonces la idea de la democracia se ve reducida a una barbárica lucha de poder en la cual todos salimos perdiendo.

Al final, las naciones no son más que la realización de la historia que ellas se cuentan de sí mismas. Y dependiendo de qué legitimemos, la barbarie o la institucionalidad, podremos construir una República en la cual todos podamos perseguir, de manera sana, nuestra felicidad.

Listado de presidentes constitucionales de la República Dominicana:

  1. Pedro Santana
  2. Manuel Jiménez
  3. Buenaventura Báez
  4. Manuel Regla Mota
  5. José Desiderio Valverde
  6. Pedro Antonio Pimentel
  7. José María Cabral
  8. Ignacio María Gonzalez
  9. Ulises Francisco Espaillat
  10. Jacinto de Castro
  11. Cesáreo Guillermo y Bastardo
  12. Fernando Arturo de Meriño
  13. Ulises Heureaux
  14. Francisco Gregorio Billini
  15. Alejandro Woss y Gil
  16. Wenceslao Figuereo
  17. Juan Isidro Jimenez
  18. Carlos Morales Languasco
  19. Ramón Cáceres
  20. Eladio Victoria
  21. Adolfo Alejandro Nouel
  22. José Bordas Valdez
  23. Horacio Vásquez
  24. Rafael Estrella Ureña
  25. Rafael Trujillo
  26. Jacinto Peynado
  27. Manuel de Jesús Troncoso
  28. Héctor Trujillo
  29. Joaquín Balaguer
  30. Rafael Bonelly
  31. Juan Bosch
  32. Antonio Guzmán
  33. Jacobo Majluta
  34. Salvador Jorge Blanco
  35. Leonel Fernández
  36. Hipólito Mejía
  37. Danilo Medina
  38. Luis Abinader

Fuente imagen: The Invisible Witness: Image (wordpress.com)

La ciudad brillante en la colina no podrá sobrevivir si se mantiene dividida.

En el año 2000, la ciudad brillante sobre la colina de Ronald Reagan se encontraba brillando más que nunca, mientras recibía con las puertas abiertas al que debía de ser el siglo de oro americano. En el futuro se vislumbraba una realidad más allá de la historia eurocéntrica que había dirigido los vaivenes de la historia mundial por más de cuatro siglos y presagiaba una expansión global de los ideales occidentales de democracia liberal, libre mercado, derechos humanos y valores morales y éticos esenciales de la cosmovisión occidental. Todo esto, lidereado por unos Estados Unidos de América que se encontraban en el punto más alto, en su posición más brillante, existiendo más allá de la historia.

Pero todo esto cambió luego del 11 de septiembre de 2001 y con la rápida expansión de la revolución tecnológica de Silicon Valley. Con ese gran ímpetu creador, y un mercado cautivo de más de 300 millones de personas, los emprendedores americanos se lanzaron a la conquista de un mundo totalmente nuevo. Una colonización violenta y despiadada del nuevo mundo digital fue acompañada de fracasos estrepitosos, de apropiaciones violentas, y de historias de éxitos increíbles e improbables. Aquí nacieron los grandes titanes tecnológicos de hoy, Google, Microsoft, Amazon, Apple. Estos abrieron las vías para que los seres humanos pudieran comunicarse, conectarse y sentaron las bases para que compañías como Facebook pudiesen convertirse en un caballo de troya que terminaría siendo la mayor amenaza para su integridad, que occidente ha conocido en lo que va de siglo XXI.

Esta revolución digital sentó las bases para que el mundo se volviese más horizontal, para que cualquier joven con una computadora y acceso al internet pudiese volverse millonario de la noche a la mañana, o se pudiese convertir en un influencer con la capacidad de movilizar a miles de personas, sin nunca salir a encontrarlos en persona.

Este rompimiento de la verticalidad que es natural a la organización en Estado, además de socavar los pilares de organización jerárquica de las sociedades, trajo a la luz dos de las grandes fallas de la sociedad americana. La virulenta suspicacia hacia las autoridades y el pecado original americano, la herida sangrante nunca tratada del racismo.

La suspicacia hacia las autoridades, en condiciones normales, es algo saludable para que cualquier sociedad pueda mantenerse alerta y renovada. Pero cuando esta suspicacia hacia las autoridades se vuelve una negación directa de las estructuras jerárquicas del conocimiento, del valor del trabajo y del estudio, de las especializaciones de los campos, entonces la sociedad empieza a conspirar contra sí misma.

En el momento en que el conocimiento adquirido en dos horas de Wikipedia se equipara al conocimiento adquirido a través de años de estudio, práctica y participación colectiva de expertos, nos encontramos en el fin del proceso iniciado con La Ilustración. Cuando la información transmitida en WhatsApp o en Facebook es tan “verdadera” como las verdades establecidas, hemos llegado al borde del precipicio.

Con la democratización de la información se benefició a muchos que sin este proceso nunca hubiesen podido convertirse en actores importantes en el mundo del saber. Pero al mismo tiempo, se empoderó a muchos resentidos intelectuales que, al carecer del marco cognitivo para entender la complejidad de la construcción transgeneracional del conocimiento humano, y que solo pueden entender procesos aritméticos simples de suma o resta, son reacios a aceptar cualquier idea, o proceso, que no pueda explicarse dentro de la limitada visión del mundo que los pueda sostener. Al dudar de todo aquello que no puedan comprender, vociferan y desacreditan a toda la institución del conocimiento humano que se ha construido por milenios.  

Esta suspicacia americana ante todas las formas del conocimiento complejo, este anti-intelectualismo del cual Asimov nos advirtió hace ya 40 años, se extendió como pólvora por un mundo que se había americanizado, poniendo en tela de juicio principios tan básicos y ya superados como el de la vacunación, la integridad de los procesos electorales, o el valor supremo de la dignidad humana.

Esta suspicacia conspirativa encontró caldo de cultivo en los ciudadanos, de ambos extremos ideológicos, que han visto a un Estado que les ha dado la espalda a los ciudadanos abandonados del hinterland americano, que vieron cómo se esfumaron los años dorados del sueño americano sin que les haya tocado más nada que una cuenta bancaria vacía, una adicción a los opioides y una demonización de sus creencias religiosas, políticas o culturales. Pero no solo en el hinterland americano es donde esto ha tomado fuerza. En las élites costeras que quieren “reparar” la historia, se ha visto como esta radicalización se ha enraizado con la misma fuerza y virulencia con que lo ha hecho entre aquellos que no tienen nada que perder, porque nunca han tenido nada más que promesas.

Entre un extremo y otro se encuentra atrapada la ciudad brillante sobre la colina, viendo como la radicalización que fue iniciada por los Demócratas en contra del gobierno de Bush les trajo a un Obama que prometió subsanar las heridas, pero que luego de 8 años de gobierno las dejó en peor estado de como las encontró. Y fue tan profunda la fractura, y tan irresponsable el manejo de esta situación, que le abrieron las puertas de 1600 Pennsylvania Avenue a un populista sin educación política ni clara visión ideológica más allá de lo que la adulación y los aplausos le pueden causar en el momento. Un radical que ha arrastrado al partido Republicano y al movimiento conservador americano hasta el lodo con él, haciéndole un daño que tomará más de una generación resarcir.

Pero peor aún, empujó el péndulo del radicalismo americano hasta el otro extremo. Dándole paso a una corriente del partido Demócrata que no se encargará de buscar soluciones para los graves problemas que se encuentran afectando a esta gran nación. Muy al contrario, esta nueva administración se enfocará en “subsanar” los padecimientos de un sector que se ve a sí mismo como agraviado, pero no de trabajarán para eliminar aquellas condiciones que han dado paso a la radicalización que generó como consecuencia que 71 millones de personas pensaran que el presidente menos preparado de la historia de los Estados Unidos era la mejor opción para seguir gobernando.

Los Estados Unidos de América han sido un ejemplo de tradición democrática e institucional por más de 200 años. Con sus luces y sus sombras ha servido de faro en los momentos más oscuros de Occidente, ha servido de ejemplo, de refugio, de arquetipo, promoviendo la posibilidad de ser siempre mejores. Pero en estos últimos 16 años han demostrado su lado más oscuro, en el momento en que el mundo occidental más los necesita.  

China ha despertado de su largo letargo y se encuentra activamente reclamando su lugar bajo el sol, expandiendo su área de influencia ya ha eliminado la excepcionalidad de Hong Kong, cerrado acuerdos comerciales con los países de su periferia y extendiendo su largo brazo económico a África y Latinoamérica. Rusia ha encontrado la forma de socavar la entereza de Occidente desde su posición de relativa debilidad, abusando de las contradicciones naturales de las sociedades a las que siempre ha envidiado. Irán ha logrado convertirse en una potencia regional y ha reactivado su programa nuclear. Europa se encuentra aún tratando de definir si es una entidad unida que persigue un ideal en común o veintiséis distintas. Abraham Lincoln expresó de manera certera en su discurso del 16 de junio de 1858, que “una casa dividida en contra de sí misma, no puede sostenerse”. Hoy, más que nunca estas palabras son ciertas. A menos que surja un real concierto bipartidista que trate las fracturas sociales, económicas y raciales que plagan a los Estados Unidos de América, la ciudad brillante sobre la colina de la cual Reagan se sentía tan orgulloso será consumida por las llamas barbáricas y destructoras del populismo, el radicalismo y el nihilismo extremista que ha sido abonado por elementos extremistas e hiperbólicos de ambos partidos en los últimos 16 años.

Fuente imagen: capitol-protest-17.jpg (2000×1333) (nypost.com)

Servir al Estado

En un tiempo que a veces parece perdido en las arenas del tiempo, el servicio al Estado era un sacrificio noble que partía de una concepción del bienestar común que trascendía las diferencias ideológicas. Cuando nos remontamos a la antigua Fenicia, a Cartago, Grecia o Roma, las raíces fundacionales de occidente, nos encontramos con una visión de sacrificio en el ejercicio del deber público, que entrañaba en sí misma la renuncia al yo individual y una entrega al todo Estatal, a esa idea abstracta que hoy algunos consideran absurda y olvidada.

Servir en el Estado era un accionar que iba más allá de lo económico. Un honor en el cual se ponía la vida en la palestra pública y se entregaba a la sobrecogedora idea de un porvenir que fuese mucho mejor que el precedente.

Cuando vemos a los grandes hombres y mujeres de la historia republicana nos encontramos una y otra vez con los ejemplos de aquellos que sirvieron no en busca de riquezas y poder, si no bajo la premisa de que en el deber bien cumplido se encontraba la mayor satisfacción, la semilla de un mañana del cual todos pudiésemos disfrutar. Desde Duarte hasta Francisco Henríquez, desde Juana Saltitopa hasta Salomé Ureña, el servicio ha sido la consigna que ha definido el espíritu de nuestra nación.

Pero en nuestro país, esta idea fue olvidada. Ser servidor público se convirtió en sinónimo de macuteo, de marrulla, de conseguir lo del compañerito. Las botellas, las sobrevaloraciones, los dobles sueldos, la prostitución de la idea del Estado como suma de todos los ciudadanos. Ser un servidor público se volvió una mácula al nivel histórico de los peores momentos de nuestra travesía republicana, comparable a los escándalos de la venta de Samaná o a la entrega oscura de nuestra joven independencia en el ocaso de la Primera República.

Servir en el Estado para servirse del Estado” se convirtió en el lema de los arribistas. Los que vieron la República con el mismo desprecio con que la vieron los traidores de la patria que una y otra vez la han mancillado con su avaricia y su desprecio.

Pero, como siempre termina sucediendo, los buenos asumen una vez más el llamado de la patria en sufrimiento. Hoy es 1844, 1863, 1924, 1966; es el momento de resarcir la nación, de rescatarla y trabajar para recoger los pedazos de 16 años de abusos y abandono.

Nos encontrarnos con una crisis financiera y sanitaria sin paragón en la era contemporánea. Hoy en día ser servidor público es recoger las piezas rotas de 16 años de atropello y desprecio hacia las instituciones y la idea del Estado. Es encontrarse con una realidad que antes no era más que un reclamo. Es ver de frente la normalización de la humillación del sueño de Duarte, Luperon y Hostos. Es llorar ante lo burdo del abuso al que nos han sometido a todos.

Pero ya estamos cambiando. Sin importar ideología, creencia, o religión, hoy nos encontramos luchando hombro con hombro para enmendar todo el mal que nos han causado el abuso, la corrupción y la devastación generalizada. Hoy todos somos dominicanos. Todos luchamos por salvar a un país en ruinas, por construir un mañana que sea mucho mejor.

Hoy, servir al Estado ha vuelto a ser un honor.

Lo que nos cuenta Gabriel

Conocí a Gabriel Sánchez Zinny en julio de 2019, nos encontramos una tarde lluviosa en el café La Biela, en Recoleta, allí donde un Borges en silencio junto, a un sonriente Bioy Casares, espera a que el mundo haga un poco más de sentido. En aquel momento iba de encargo, a llevarle un presente que le enviaba su amigo Ito Bisonó. Gabriel se encontraba con unos colegas, de los cuales se alejó un momento para brindarnos todas las atenciones que se le brindan a un amigo de antaño. En pocos minutos, con su acostumbrada impetuosidad creativa, estrechamos lazos, compartimos anécdotas y quedamos de que le acompañaría a un viaje de trabajo a uno de los pueblos cercanos del Gran Buenos Aires. Este pueblo cercano se encontraba a 400 kilómetros de distancia, pero en un país de carreteras y horizontes infinitos, 400 kilómetros son nada.

De las sobrecogedoras vistas me ahorraré la descripción, ya mucho se ha escrito y se ha cantado sobre ellas. Pero mencionaré dos elementos que me enseñaron la otra cara de Gabriel, la profesional. Durante todo el trayecto, mientras yo me quedaba absorto por lo inconmensurable del horizonte en pleno invierno, Gabriel no paró en ningún momento de trabajar. Llamó a colegas, concertó reuniones, resolvió problemas, escribió correos, leyó presentaciones, las corrigió, las desechó, las corrigió de nuevo, todo con una visión enfocada a la maximización del tiempo constreñido por las distancias de las que luego nos hablará en su libro. Al llegar a la localidad de Madariaga y pasar de pronto por donde el Intendente, el cual aún a falta de haber visitado Santo Domingo lo conocía bien y había leído de su historia, nos apresuramos a llegar al evento en cuestión, la inauguración de un jardín infantil que tenía años perdido en trámites y trabas burocráticas y que no fue sino hasta la llegada de Gabriel que pudo ver la luz y ser por fin construido.

Y esto nos lleva a su libro, Educación: lo que no nos cuenta. En este libro Gabriel Sánchez Zinny nos relata cuáles son a su entender las cosas que un ministro, en este caso de educación como fue su caso, necesitaría para poder tener una gestión exitosa. Con un lenguaje claro y casual, pero el cual no cae en la ligereza de la conversación cotidiana, Gabriel nos lleva por su experiencia como ministro de educación de uno de los sistemas educativos latinoamericanos más grandes del continente. Nos expone la importancia del liderazgo horizontal, de lo valioso que es el empoderamiento de las dirigencias medias a la hora de darle valía a los involucrados y de crear pertenencia. También nos habla de como se ha vuelto esencial el introducir elementos de liderazgo disruptivo en nuestras formas de manejar las instituciones públicas, introduciendo elementos de otras áreas que nos pueden brindar una visión distinta sobre problemas que hasta la fecha parecerían imposibles de resolver. Nos habla de la importancia de rodearse de personas altamente calificadas, de modernizar aquellos procesos que no son eficientes y ralentizan la toma de decisiones y peor aún, la resolución de problemas.

Pero, a parte de todos los buenos consejos que nos expone basados en su experiencia en el ministerio, a mi entender lo más importante de todo su relato es cuando nos habla de que como sociedad debemos de empezar a ver al Estado como un proyecto a largo plazo que no termina y empieza cada 4 u 8 años. Los cambios de partido no pueden ser una excusa para que las políticas públicas sean reiniciadas una y otra vez, ya que es en esta falta de consistencia y de permanencia de las políticas públicas donde yace la verdadera debilidad de nuestros sistemas latinoamericanos. Analizar lo que se ha hecho, ver qué de esto es verdaderamente valioso por encima de las diferencias políticas o ideológicas, reforzar, arreglar, cambiar, pero definitivamente dejar de destruir lo que se ha hecho solo porque lo hizo el otro.

Lo que Gabriel nos cuenta es todo aquello que pocas veces podemos escuchar. Una visión íntima y personal de alguien que llegó a un ministerio sin manual de acción, y que salió de él con la intención de dejar una hoja de ruta para aquellos que vinieran después, pero que aplica a todos los que de una u otra manera vayan a contribuir en el manejo y el ejercicio de las políticas públicas de un país. Y como dice él mismo “Porque creo en la importancia de aprender de todos es que quiero compartir mis lecciones aprendidas…”.

Que no nos esclavice el miedo

En el siglo XIV la peste bubónica arrasó Europa, causándole la muerte a entre un 25% y un 60% de su población con una letalidad de entre un 10% con tratamiento y hasta un 90% si se dejaba correr su curso, lo cual en la mayoría de los casos fue lo que sucedió por falta de las herramientas necesarias o entendimiento de la situación. Estos datos son los más recordados cuando se habla de la peste negra, la muerte y la devastación que causó. 

Pero el legado más importante para la humanidad no es la visión fantasmagórica de una Europa devastada, es el cómo con su fuerza destructora esta pandemia fertilizó el suelo para que se diera uno de los cambios sociales y políticos más importantes de los últimos 15 siglos, el desmonte del sistema feudal y el surgimiento de la clase media. 

Fue en medio de tanta destrucción que la creatividad humana debió encontrarse una vez más de frente con la necesidad de modificar las estructuras sobre las cuales la sociedad se cimentaba, desarticulando en el proceso los sistemas de servidumbre feudales que habían mantenido a Europa deprimida a nivel social y económico desde la caída del Imperio romano occidental. 

Fue así como con una mano de obra reducida, unas necesidades productivas trastornadas, y un sistema de producción en ruinas; que los artesanos y los inversionistas pudieron capitalizar sobre la oportunidad de este nuevo mundo que surgía luego de la devastación. Así se encumbraron para establecer un sistema en el cual el individuo fuese libre de emprender, de crear, de modificar las estructuras de relaciones sociopolíticas y socioeconomicas que le incumbían.

Es aquí, en las postrimerías de la peste bubónica, que se encuentran las semillas de la revolución científica, de la ilustración, de las revoluciones liberales y democráticas de los últimos 5 siglos. Es de ese momento de donde surge el espíritu indómito y creador que nos ha legado un sistema, que aunque imperfecto, cuenta con las herramientas para seguirse corrigiendo y que ha sacado a más gente de la pobreza que ningún otro, que ha empujado los niveles de bienestar más allá de lo nunca pensado, que ha abierto las puertas de la estabilidad democrática y del concierto pacífico de naciones.

Y es aquí a donde tenemos que enfocarnos. En lugar de encerrarnos en burbujas de miedo al contagio y de alejarnos los unos de los otros, este es el momento de abrir las puertas de las posibilidades de par en par. Es en este fértil pasto de la crisis mundial donde debe de surgir la creatividad que transforme mucha de esas obsoletas formas de relacionarnos a nivel económico y social. 

Nos encontramos en un punto crucial de la historia de nuestro país y del mundo. Tenemos que, necesitamos, reinventar muchas de las estructuras de generación de riqueza y bienestar en este país. Debemos de dejar detrás las políticas de depredación y explotación que han sido la norma en lo que va de siglo, y garantizar que nuestros ciudadanos puedan expresar esa libertad creativa que se torna en generación de oportunidades de crecimiento. 

Las políticas extractivas a las cuales nos han sometido los gobiernos de principios del siglo XXI, solo han generado un estado de servidumbre y dependencia del Estado que tiene que terminar. Y qué mejor momento para que esto termine que ahora, con esta crisis que nos ha abierto las puertas de un cambio sistémico que nos libere del miedo a crear y a ser libres. 

Es por esto que no podemos permitir que nos esclavice el miedo, no podemos continuar con las relaciones de explotación extractivas, no podemos continuar engordando a un Estado cuya finalidad ha sido la de instaurar un sistema neofeudal en el cual los ciudadanos renuncian a su libertad a cambio de unas dádivas que son solo suficientes para subsistir en un estado de servilismo y dependencia del Estado. 

Es tiempo de cambiar, de abandonar la servidumbre y la dependencia del Estado, de empezar a construir esa República Dominicana libre e independiente de toda explotación traicionera. Es hora de empezar a construir ese futuro que siempre hemos merecido, pero que por 16 años nos han prohibido. Pero para empezar a cambiar, lo primero que tenemos que hacer es luchar para que no nos esclavice el miedo. 

La más bella revolución de América

El 2 de marzo de 1930, asume la presidencia interina de la República Dominicana Rafael Estrella Ureña con la misión de celebrar las elecciones presidenciales ese mayo. Pero estas no se pudieron realizar en paz y orden, gracias al terror sembrado por la banda de matones conocida como “la 42” la cual respondía a las órdenes de Trujillo.

Al no contarse con las garantías de legitimidad y confianza necesarias, los opositores a Trujillo se retiraron de la contienda, seguidos días después de los miembros de la Junta Central Electoral, quienes amedrentados ante el futuro dictador, huyeron despavoridos. Ante un clima de irresponsabilidad institucional, de cobardía civil y de falta de confianza en los procesos democráticos, la República Dominicana se encaminó en silencio al calvario de una de las más sangrienta tiranías en la historia del hemisferio.

Y es así, como hoy de nuevo nos vemos ante el inicio de un plan concertado para provocar caos y generar falta de confianza absoluta en las instituciones electorales. Todo esto, causado por aquellos que hace unos meses ya demostraron sus intenciones de modificar la constitución por segunda vez consecutiva con el fin de perpetuarse en el poder. Aquellos mismos que durante años, ha ido estableciendo un control acérrimo sobre los diferentes estamentos del poder.

De la misma manera, en la cual un dictador en ciernes confabuló una revuelta ficticia para forzar el descrédito y el colapso de la institucionalidad en 1930; así mismo hoy se esfuerzan sus aprendices en generar confusión, caos y desconfianza. Hablan desde sus soberbias torres sobre líderes de la oposición todo poderosos que pueden presionar para que se suspendan elecciones; culpan y persiguen a aquellos que les hacen el frente, echándoles la culpa de alterar los resultados de un proceso que a todas ciernes se encontraba viciado desde el principio. Pero a todos nos queda claro quien es el verdadero culpable.

Porque si no el Gobierno, ¿quién cuenta con los medios para amedrentar a la sociedad, para causar caos, para generar inseguridad e incertidumbre? Si no es el Gobierno, que ya ha demostrado su incapacidad para manejar los fondos públicos y tomar decisiones en beneficio de la sociedad, ¿quién? Si no es el Gobierno, que una y otra vez ha fallado en proteger las vidas de todas las mujeres que caen cada día, de los ciudadanos de a pie que son víctimas de la inseguridad y cuyas familias se encuentran en riesgo, ¿quién?

Ese mismo Gobierno, en el cual el vicio y la desidia se han elevado hasta un punto comparable solo a los momentos más oscuros de la corte de Caligula o de Luis XVI. Un Gobierno en el cual, hasta sus antiguas luminarias han tenido que salir despavoridos, echados y traicionados, por aquellos que han resultado ser mejores discípulos del mal-hacer que su exiliado maestro.

Pero hoy no estamos en marzo de 1930. Hoy las fantasías de confabulación, los cuentos tristes de traición, los tronidos soberbios de los acusados de corrupción, no amedrentaran a toda una camada de jóvenes hastiados de tanta arrogancia y que hoy al igual que en 1844, que en 1863, que en 1961, que en 1965 y que cada vez que la República se vea en peligro, saldrán a combatir a aquellos que nos quieren robar la patria, porque es en la defensa de la democracia donde se da la más bella revolución de América.