La más bella revolución de América

El 2 de marzo de 1930, asume la presidencia interina de la República Dominicana Rafael Estrella Ureña con la misión de celebrar las elecciones presidenciales ese mayo. Pero estas no se pudieron realizar en paz y orden, gracias al terror sembrado por la banda de matones conocida como “la 42” la cual respondía a las órdenes de Trujillo.

Al no contarse con las garantías de legitimidad y confianza necesarias, los opositores a Trujillo se retiraron de la contienda, seguidos días después de los miembros de la Junta Central Electoral, quienes amedrentados ante el futuro dictador, huyeron despavoridos. Ante un clima de irresponsabilidad institucional, de cobardía civil y de falta de confianza en los procesos democráticos, la República Dominicana se encaminó en silencio al calvario de una de las más sangrienta tiranías en la historia del hemisferio.

Y es así, como hoy de nuevo nos vemos ante el inicio de un plan concertado para provocar caos y generar falta de confianza absoluta en las instituciones electorales. Todo esto, causado por aquellos que hace unos meses ya demostraron sus intenciones de modificar la constitución por segunda vez consecutiva con el fin de perpetuarse en el poder. Aquellos mismos que durante años, ha ido estableciendo un control acérrimo sobre los diferentes estamentos del poder.

De la misma manera, en la cual un dictador en ciernes confabuló una revuelta ficticia para forzar el descrédito y el colapso de la institucionalidad en 1930; así mismo hoy se esfuerzan sus aprendices en generar confusión, caos y desconfianza. Hablan desde sus soberbias torres sobre líderes de la oposición todo poderosos que pueden presionar para que se suspendan elecciones; culpan y persiguen a aquellos que les hacen el frente, echándoles la culpa de alterar los resultados de un proceso que a todas ciernes se encontraba viciado desde el principio. Pero a todos nos queda claro quien es el verdadero culpable.

Porque si no el Gobierno, ¿quién cuenta con los medios para amedrentar a la sociedad, para causar caos, para generar inseguridad e incertidumbre? Si no es el Gobierno, que ya ha demostrado su incapacidad para manejar los fondos públicos y tomar decisiones en beneficio de la sociedad, ¿quién? Si no es el Gobierno, que una y otra vez ha fallado en proteger las vidas de todas las mujeres que caen cada día, de los ciudadanos de a pie que son víctimas de la inseguridad y cuyas familias se encuentran en riesgo, ¿quién?

Ese mismo Gobierno, en el cual el vicio y la desidia se han elevado hasta un punto comparable solo a los momentos más oscuros de la corte de Caligula o de Luis XVI. Un Gobierno en el cual, hasta sus antiguas luminarias han tenido que salir despavoridos, echados y traicionados, por aquellos que han resultado ser mejores discípulos del mal-hacer que su exiliado maestro.

Pero hoy no estamos en marzo de 1930. Hoy las fantasías de confabulación, los cuentos tristes de traición, los tronidos soberbios de los acusados de corrupción, no amedrentaran a toda una camada de jóvenes hastiados de tanta arrogancia y que hoy al igual que en 1844, que en 1863, que en 1961, que en 1965 y que cada vez que la República se vea en peligro, saldrán a combatir a aquellos que nos quieren robar la patria, porque es en la defensa de la democracia donde se da la más bella revolución de América.

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